Y sales al tatami, te plantas delante de tu adversaria y le miras con orgullo, chulería y superioridad. Le pegas por cada costado, a cada movimiento suyo, va uno tuyo. La tiras al suelo, la sacas del tatami... Se acaba el tiempo. La siguiente. Parece una pulga, pero sus movimientos no valen nada; no te roza, y los hace a lo tonto. Un par de puños certeros y listo. Otra. Esta te da más miedo. La has visto entrenar, y no es nada del otro mundo. Demasiado grande y pesada, movimientos lentos. No sabe que tiene que hacer técnicas buenas, no las que hace ella que ni siquiera te rozan o se acercan a ti. Te lanza una patada, se queda de espaldas a ti, Aprovechas: Patada en los riñones. Otra vez te he ganado, querida, ¿vas a volver a llorar?...
Y después de lágrimas, sudor, y un largo camino recorrido el esfuerzo que he tenido que hacer durante dos interminables meses de entrenamiento intensivo dio sus frutos.
A pesar de que nadie (ni siquiera mis padres ¬,¬) confiase en mi, ni tan siquiera yo misma, saqué fuerzas de noséqué lugar de mi interior e hice 3 combates bastante bueno, sorprendiéndome a mi misma, al entrenador y al seleccionador...
Cuando acabó todo, un cosquilleo me invadió. ¿Tanto matarme la cabeza y el cuerpo para esto? Ha pasado tan rápido...
Nos ponen a todos el filas, ya está todo hecho, no hay vuelta atrás. Empiezan a nombrarnos uno a uno.
La primera, apta, la segunda y tercera también. Ahora me toca a mi. Los nervios se me apoderan. Apta. Ha dicho apta. No me lo creo. Sonrío. Y no puedo parar de hacerlo. Esa sensación de orgullo, nunca se igualará. siguen diciendo nombres, pero ya no les escucho. Apta. Madre mía, ¿no te lo esperabas eh pequeña?
Y así, fue cómo me saqué el cinturón negro de kárate ñ,ñ
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