Nunca imaginé que lograría querer a alguien con tanta intensidad como tampoco imaginé que iba a quererle a él. Es cierto que pierdo la razón si estoy a su lado, se me paralizan los músculos y si tuviera alma estoy segura que estaría girando sin cesar, pero es que cada vez que lo veo mi mundo entero tiembla, como si fuese un terremoto de esos que hunden edificios gigantes y con grandes contrafuertes; es como si hubiera un gran huracán y yo estuviera en medio, quieta, con una sonrisa inmensa, esperando a que me abrace. No he logrado pasar más de diez minutos enfadada con él, y estoy segura de que nunca lo conseguiré. Es más, el otro día lo intenté, por gusto, por saber si era capaz, por lo que fuera, pero nada. A pesar de que tenía mil motivos, me miraba como sólo él sabe, me decía esas cosas que él sabe cómo y cuándo decirme para que cada una de mis células se derrita... No lo conseguí. No lo conseguiré jamás.
Yo, la que iba de dura sin fronteras, la que decía tener un corazón de hielo y hierro fusionados, yo estoy perdidamente enamorada de él. No sé cómo lo ha logrado, pero ha derretido el hielo y fusionado el hierro; estoy segura que ya no lo derrite, hemos llegado a un punto en que lo evaporiza. Lo ha logrado él solito, sin ayuda de nadie. Ha conseguido cicatrizar todas las heridas y hacerme feliz.
¿Cuánto hacía que no estaba feliz tanto tiempo seguido? ¿Lo he estado alguna vez? Quién sabe. Sólo sé que me gusta soñar cada noche con él, me gusta que sepa lo mal que lo paso cuando estoy con su familia, me gusta que sea agresivo con todo el mundo pero a mí me trate como una princesa, me gustan sus mensajes a cualquier hora, me gusta su piel, su olor, su alma.
Y muchas veces tengo miedo de que el cielo explote porque el mundo se nos queda pequeño.
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