-Creo que ha empezado a llover...
+¿Qué más da? Ahora, que caiga lo que quiera.

jueves, septiembre 6

Sandeces.

Levantó la mirada y en la penumbra pudo distinguir su silueta delineada por los escasos rayos de luz que entraban por la ventana. No era temprano, ni de madrugada, es más no había tiempo, se detuvo cuando la abrazó nada más entrar por la puerta. Tampoco había espacio, se evaporó cuando le dio el primer beso en la espalda. Estaba segura que se derretiría si le volvía a tocar, se fundiría al próximo beso, se disolvería al siguiente te quiero. 
Se encogió todo lo que pudo, evitó moverse por si fuera una ilusión y desaparecía al más mínimo movimiento, por si era el sueño de cada noche Se dejó querer. En ese momento lo supo, estuvo tan segura de ello como que el Sol saldría al día siguiente y se pondría a la misma hora de siempre. Supo que vendería su alma por que ese instante no acabase nunca, o se repitiera eternamente. Supo que quería pasar el resto de su vida entre sus brazos, que quería amanecer pegada a él, quería decirle cada día a cualquier hora lo feliz que era a su lado, a pesar de los enfados provocados. Porque que no haya habido ni una sola discusión en casi un año significará algo bueno ¿no? 
No le podía prometer la vida de sus sueños, un chalet al lado del mar, o un enorme piso en el edificio más alto de la ciudad, no podía prometer que cada fin de semana irían a cenar al restaurante más caro de la región, pero le prometía besos en el cuello cada amanecer, susurros de madrugada, caricias de postre durante todos los días de su vida.

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